LEYENDA DEL LEGADO DEL MORO, GRANADA

Era Perejil un gallego fuerte, aguador de oficio, que se ganaba la vida vendiendo el agua fresca que sacaba de un pozo de la Alhambra. Tenía aire jovial y un buen fondo-, pero no era feliz, pues le había tocado una mujer holgazana y descuidada, y además tenía una caterva de hijos harapientos, que lo asediaban como una nidada de gorriones.
En uno de sus viajes al pozo, para ganarse unas monedas, encontró, sentado en un banco de piedra, junto al brocal, a un moro desfallecido, el cual le pidió que en lugar de bajar los cántaros de agua en el borrico, que le bajase a él y le pagaría doble de lo que pudiera ganar con el agua.
El legado del moro
Compadecido, Perejil aceptó, diciéndole que no quería recompensa alguna. Al llegar a Granada, preguntó al moro adonde lo llevaba, y éste contestó que no tenía casa ni conocidos y que le pagaría con creces si lo llevaba a su casa. El bueno de Perejil, al verlo en tan extremado apuro, lo condujo a su choza. La mujer protestó, por las consecuencias que tendría para ellos alojar en su casa un huésped perseguido por infiel.
El aguador era duro de cabeza y no quiso someterse a lo que dijo su mujer. Colocó al moro en la parte más fresca de su casa y le dio por cama una estera y una zalea.
Aquella noche un fuerte ataque puso en peligro la vida del moro. Cuando recobró el conocimiento, con voz desfallecida dijo a Perejil que temía morir, y en agradecimiento a lo que había hecho por él, le dejaba una cajita de sándalo que llevaba atada a su cuerpo con una correa. Se repitieron las convulsiones, cada vez más violentas, hasta que al fin el moro expiró.
El aguador y su mujer estaban tristes, pensando que la gente los trataría de asesinos cuando encontrasen al muerto en su casa y que pagarían con la horca la obra de caridad que habían hecho con el moro.
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Perejil tuvo una idea. Era de noche; podía sacar el cadáver envuelto en la estera y enterrarlo a orillas del Genil. Nadie había visto entrar al moro en casa y nadie tendría noticias de su muerte.
Dicho y hecho. Su mujer le ayudó a envolver el cadáver en la estera y a cargarlo sobre el asno. Pero la fatalidad quiso que viviera enfrente del aguador un barbero llamado Pedrillo, chismoso y charlatán, que vio entrar aquella noche en casa de Perejil a éste con un hombre vestido de moro.
Por un ventanillo que le servía de mirilla estuvo observando toda la noche la luz que se filtraba por los resquicios de la puerta de su vecino, y antes de amanecer vio que Perejil salía con su jumento, cargado de un modo muy raro. Siguió al aguador a cierta distancia, hasta que vio que se detenía a cavar una fosa, a orillas del Genil, para enterrar un bulto que parecía un cadáver.
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El barbero volvió a su casa, y cuando se hizo de día cogió la bacía debajo del brazo y se dirigió a casa del alcalde, que era su cliente de todos los días, y mientras le rasuraba, le contó lo que había visto, afirmando que Perejil, el gallego, había dado muerte a un moro que tenía en su casa y lo había enterrado aquella misma noche.
El alcalde era el hombre más despótico y avariento de Granada. Examinó el caso desde el punto de vista de robo con asesinato; el botín sería grande y lo importante era que pasara a manos de la Justicia. Perejil iría a la horca. Con esta idea llamó al alguacil, hombre flaco, vestido a la antigua usanza española, con un gran sombrero negro, gorguera alechugada, una capa negra que le caía de los hombros, traje negro y una vara lisa, insignia de su autoridad. Ante su presencia le dio orden de echar el guante al pobre Perejil. No tardó en cumplirla, pues poco después comparecía ante el alcalde el acusado con su borrico. Con aspecto ceñudo y voz dura, le dijo que sólo con el patíbulo se pagaba el crimen que había cometido; pero que era caritativo con él y se hacía cargo de que el muerto en su casa era un moro, un infiel, y por ser enemigo de su religión, en un arrebato, lo había matado.
-Echemos tierra al asunto -dijo- y entrega lo que has robado.
El pobre aguador, asustado, contó lo ocurrido con el moro enfermo. Pero fue inútil. El alcalde se obstinaba en que el moro tendría joyas, a lo que contestó Perejil que sólo le había dejado una caja de sándalo en pago a sus servicios.
-¿Dónde está esa caja? -inquirió el alcalde.
-En uno de los cestos de mi borrico -contestó el aguador.
Inmediatamente vino el alguacil con la caja de sándalo. El alcalde, con mano temblorosa y ojos de codicia, abrió la caja y no encontró más que un rollo de pergamino lleno de caracteres arábigos y un cabo de vela.
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Convencido de que no había botín, escuchó las explicaciones del aguador, y, en vista de su inocencia, le dejó en libertad, pero se quedó con el burro. Desde entonces el desgraciado gallego subía y bajaba desde la fuente de la Alhambra con el cántaro al hombro y tenía que soportar las injurias de su esposa, que le echaba en cara el no haberla obedecido.
Un día en que, a causa de estas riñas, se enfureció el desgraciado Perejil, agarró la caja de sándalo y la estrelló contra el suelo. La caja, al caer, se abrió y de ella salió un rollo de pergamino. Lo cogió, se lo metió en el bolsillo y se fue a la tienda de un moro de Tánger, pidiéndole que le explicara el significado de aquél. El moro le respondió que servía para rescatar tesoros escondidos bajo el poder de algún encantamiento.
Pronto se enteró Perejil de que, según la leyenda, bajo la torre de Siete Suelos había grandes tesoros, y se lo comunicó al moro. Éste no había podido enterarse por completo del significado del pergamino, puesto que había que leerlo a la luz de una vela especial, que al fin se encontró en la caja de sándalo.
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Aquella misma noche, a las doce, fueron a la torre. Al oír las campanadas, encendieron el cabo de vela y el moro empezó a leer el pergamino. Apenas terminó de leerlo, se produjo un ruido subterráneo y el suelo se abrió, dejando al descubierto un tramo de escalones. Bajaron temblando y vieron bajo una gran bóveda un arca custodiada por dos moros inmóviles, como encantados. Ante ellos había enormes montones de monedas de oro. En cuanto las vieron empezaron a llenarse los bolsillos; pero de pronto un gran ruido se dejó oír y el moro y Perejil echaron a correr, despavoridos, no parando hasta llegar afuera.
Ya más tranquilos, se sentaron en el suelo, y decidieron no contar a nadie lo ocurrido y volver a la noche siguiente por más dinero.
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Al llegar a su casa, la mujer se le quejó por su tardanza, y entonces Perejil no pudo menos de contarle lo ocurrido. La mujer se echó al cuello de su marido, loca de alegría. Aprovechó esto Perejil para decirle que no volviera en su vida a reñirle por ayudar a un semejante en la desgracia.
Al otro día, con el dinero que su marido había traído, se apresuró la mujer a comprar ropas y alimentos, de los que estaban tan necesitados, y éste, a su vez, vendió algunas monedas de oro a un joyero, que las calificó de extraordinarias, ya que eran de purísimo oro y con inscripción árabe.
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Todo el vecindario se hacía lenguas del cambio operado en la familia de Perejil. De pobres y miserables habían pasado a ser unos burgueses acomodados.
Un día una vecina que fue a casa de Perejil vio sobre una mesa un gran montón de oro. La sospecha nació en ella y le faltó tiempo para ir a contar al alcalde que en casa del desgraciado Perejil había visto mucho oro, y que sin duda tenía que haber sido robado de algún sitio.
El alcalde, sin perder un momento, envió a la Justicia en busca de Perejil. Éste no tuvo más remedio que contarle lo ocurrido. En cuanto lo supo el alcalde, que era muy ambicioso, decidió visitar los sótanos de la torre.
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De nuevo todo ocurrió como la noche anterior. El alcalde, el barbero, el aguador y el moro salieron de aquellos sótanos cargados de oro. Una vez arriba, el alcalde quiso bajar de nuevo para subir el cofre-Perejil y el moro se opusieron; pero al alcalde no hubo quien le convenciera y bajó otra vez acompañado del barbero. No habían pasado unos minutos desde que se habían internado bajo tierra, cuando ésta, de repente, se cerró, quedando enterrados bajo la gran torre de los Siete Suelos.

En cuanto a Perejil y el moro, vivieron felices, disfrutando de las riquezas sacadas de esta encantada torre.
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FDO: ANTONIO CENIZA

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FOTOS : PUERTA Y TORRE DE LOS SIETE SUELOS, GRANADA

FUENTES:

http://www.cervantesvirtual.com/

http://tiocarlosproducciones02.blogspot.com.es/

http://leyendasytradiciones.blogspot.com.es/

 

 

LEYENDA DEL LAÚD MARAVILLOSO, GRANADA

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La torre de las infantas, residencia en otro tiempo de las tres encantadoras princesas moras Zaida, Zoraida y Zorahaida, estaba abandonada. Este abandono obedecía a que nadie se atrevía a habitarla, ya que, según se decía, la sombra de la joven Zorahaida, que murió en ella, se aparecía a la luz de la luna, junto a la fuente de la sala, tocando su laúd maravilloso.
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Pero llegó un buen día en que una señora llamada Fredegunda se fue a vivir a ella con su sobrina Jacinta, muchacha huérfana y muy bella, a la que se llamó la Rosa de la Alhambra. Su tía no le permitía salir jamás de aquella torre y en ella se consumía su juventud.
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Cierto día que paseaba por la Alhambra Ruiz de Alarcón, el paje favorito de los reyes, con el halcón preferido de la reina, advirtió que el ave de presa, al ver un pájaro sobre un árbol, se lanzó en su persecución. El joven siguió al pájaro en su vuelo, hasta que lo vio posarse en la alta torre de las infantas. Creyéndola deshabitada, se dirigió hacia ella e intentó buscar alguna portezuela por donde poder entrar. Cuando lo estaba intentando, vio aparecer por una ventana el hermoso rostro de una muchacha, que desapareció en seguida. Esperó, para ver si podía verlo de nuevo, pero fue en vano; entonces se decidió a llamar a la puerta. Al poco tiempo apareció aquel rostro encantador en la ventana.
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-¿Qué deseáis? -dijo.
-Quisiera subir a la torre para coger mi halcón, que está posado en lo más alto -contestó el paje.
-Perdonad, señor, que no os abra la puerta; mi tía me lo tiene prohibido.
Pero ante los ruegos del bello paje, la muchacha aceptó. Si sólo el rostro de la muchacha le había cautivado, al contemplarla ahora con su corpiño andaluz y su graciosa basquina, quedó enamorado de ella. La joven, turbada ante su presencia, dejó caer el ovillo de seda que estaba devanando, el cual se apresuró a cogerlo galantemente el paje, y ofrecióselo de rodillas.
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Estaban absortos uno y otro, cuando se oyó ruido fuera.
-Es mi tía, que vuelve de misa -gritó la muchacha-. Señor, os ruego que os marchéis.
El paje aseguró que no lo haría sin llevarse la rosa que llevaba ella prendida en su cabello. La muchacha se la dio, y él la cubrió de besos. Después, poniéndose su bonete, se deslizó por el jardín, llevándose el corazón de Jacinta.
A los pocos días volvió el paje a la torre; la corte se ausentaba de Granada y venía a despedirse de su amada.
Jacinta se quedó en el mayor desconsuelo y no pudo disimular su pena, acabando por confesar a su tía su pasión por el paje.
Gran indignación se apoderó de la tía cuando supo que, a pesar de toda su vigilancia, se había entablado aquella tierna correspondencia entre los dos jóvenes amantes.
Mientras así pensaba la pobre anciana, la sobrina no olvidaba ni por un instante los juramentos de amor y fidelidad que le había hecho su amante.
Pasaron días, semanas y meses, y nada se volvió a saber del doncel de la reina. Pasó el tiempo, y el paje no volvía.
La infeliz joven estaba pálida y melancólica; abandonó sus ocupaciones y entretenimientos. Sus madejas de seda se quedaron sin devanar. Su guitarra, muda. Sus flores, descuidadas. Ya no escuchaba los trinos de los pájaros, y sus ojos, antes alegres y brillantes, se marchitaban llorando en secreto. Si hubiera de buscarse un lugar apropiado para alimentar la pasión de una triste doncella abandonada, no sería posible encontrar otro más adecuado que la Alhambra, donde todo parece evocar tiernos y románticos ensueños. La Alhambra es un paraíso de los enamorados.
-¡Ay, inexperta niña -le decía, severa y casta, Fredegunda, cuando sorprendía a su sobrina en los momentos de aflicción- Ten la seguridad de que aunque ese joven se hubiera propuesto serte fiel, su padre, uno de los nobles más orgullosos de la corte, le prohibiría terminantemente su unión con una joven humilde y desheredada como tú. Toma, pues, una resolución enérgica y desecha de tu imaginación esas locas esperanzas.
Las palabras de la virginal Fredegunda sólo servían para acrecentar la melancolía de su sobrina; por lo que la infeliz criatura tomó el partido de entregarse a solas a su dolor. Cierta noche de verano, y a hora avanzada, después que la tía se retiró a descansar, quedóse la sobrina en el saloncito de la torre, junto a la fuente de alabastro, donde el desleal amante se había arrodillado a besarle la mano por vez primera y le había jurado su amor. El corazón de la apenada doncella oprimíase con tan tristes recuerdos y sus lágrimas caían abundantes en la fuente. Poco a poco comenzó a agitarse el agua y a bullir y formar burbujas, hasta que apareció ante sus ojos una hermosísima figura de mujer ricamente ataviada con traje morisco.
Jacinta se asustó de tal manera que huyó del salón y no se atrevió a volver a él. A la mañana siguiente contó cuanto había visto a su tía; pero la buena señora lo creyó todo quimera de su imaginación, o que se habría dormido y lo habría soñado junto a la maravillosa fuente.
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-Habrás estado meditando en la historia de las tres princesas moras que habitaron en otros tiempos esta torre -añadió-, y eso te habrá hecho soñar con ellas.
-¿Qué historia es ésa, tía? No la conozco.
-¿No has oído hablar nunca de las tres bellas princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida, encerradas por su padre en esta misma torre y que se fugaron con tres caballeros cristianos, aunque a la menor le faltó valor para seguirlas y fue la que, según cuentan, murió en esta misma torre?
-Ahora recuerdo haber oído esa historia -dijo Jacinta-, y muchas veces he llorado por la desventura de la infortunada Zorahaida.
Apresuróse a buscar a su tía y le contó lo que había ocurrido. La virtud del maravilloso laúd se hizo cada día más famosa. Jacinta pasaba el tiempo tocando el laúd, y cuantos transitaban por el pie de la torre se detenían encantados, sin atreverse a respirar, como arrobados.
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La fama de este prodigio cundió por todas partes. Los habitantes de Granada subían a la Alhambra para oír siquiera algunas notas de la música sobrenatural, que, aunque débilmente, se percibía en los contornos de la torre de las infantas.
La encantadora joven salió al fin de su retiro, pues los ricos y poderosos del país se disputaban a porfía el oírla y colmarla de distinciones.
Mientras que Andalucía se hallaba poseída de aquella vehemente pasión musical, otros vientos corrían en la corte de España, pues al rey le daba por guardar cama semanas enteras, quejándose de dolencias imaginarias.
No se encontró otro remedio más eficaz para calmar las melancolías del augusto monarca que el poder de la música.
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En la época a que se refiere nuestro relato habíase apoderado del rey una monomanía más rara aún que las anteriores: el rey se obstinó en que se le hicieran en vida las exequias fúnebres.
Encerrados se hallaban en este insoluble dilema, cuando llegó a la corte el renombre de la tocadora de laúd, que estaba causando la admiración de toda Andalucía, e inmediatamente despachó la reina emisarios para que la trajeran a la corte.
Impaciente por hacer la prueba, la llevó a la habitación del monarca. Las ventanas se hallaban cerradas. La oscuridad lo invadía todo, excepto los lúgubres resplandores de los cirios que rodeaban el catafalco, donde el monarca se hallaba tendido, ensayando su última postura.
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Jacinta fue introducida por la reina en la cámara y le hizo tomar asiento. En seguida la muchacha comenzó a tocar el laúd y todos se quedaron maravillados al oír su melodía. El monarca levantó la cabeza y miró a su alrededor; sentóse en su féretro y sus ojos empezaron a animarse.
El triunfo del mágico laúd fue completo; el demonio de la melancolía fue arrojado del cuerpo del rey.
Se abrieron las ventanas de la habitación y todos los ojos buscaron a la hermosa cantora. El paje Ruiz de Alarcón se echó a sus pies y la presentó a la corte como su prometida, y pronto se celebraron con gran ostentación las bodas de esta feliz pareja.

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Aquel maravilloso laúd estuvo algún tiempo en poder de la familia-, pero luego se cree que pasó a Italia, y allí, ignorando su valor, fundieron la plata y utilizaron sus cuerdas para un viejo violín de Cremona, las cuales han conservado siempre su maravillosa virtud.
FDO: ANTONIO CENIZA
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FOTOS: ALHAMBRA DE GRANADA, TORRE DE LAS INFANTAS E INTERIORES DE DICHA TORRE
FUENTES:

LEYENDA DE LA FUENTE DEL AMOR ETERNO O DE DOÑA ELVIRA, GRANADA

Sucedió hace mucho tiempo en Granada, según cuentan algunas personas que leyeron unos documentos que cayeron en sus manos, una historia de amor entre una bellísima joven de rancio abolengo castellano y un apuesto mercader de Nápoles.

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La historia ocurrió en las primeras décadas del siglo XVII, cuando en Granada aún era difícil la convivencia entre moriscos y cristianos viejos venidos de Castilla. La doncella, de tez nívea, ojos de alondra y labios cual pétalos de rosa, se llamaba doña Elvira Padilla, apenas rozaba los quince años y ya deslumbraba por su grácil figura y sus cabellos que caían en ensortijada cascada sobre sus hombros. Adornábanle, además, las más excelentes virtudes de honestidad y bondad. Era una joven piadosa y con gran respeto hacia sus mayores. Todas las mañanas acompañada de su aya y de su madre, doña Catalina de Mendoza, acudía a los oficios religiosos en el cercano convento de las Comendadoras de Santiago. Hija de un caballero principal de Granada, don Luis Padilla y Miota, caballero veinticuatro y administrador del Tribunal de las Aguas. Vivía doña Elvira en una notable casa de patio granadino con jardín de altos muros donde pasaba las tardes leyendo y bordando junto a la fuente que su padre le había regalado al cumplir los doce años. La fuente era de mármol blanco y delicada traza, y del surtidor susurraban sus aguas un alegre canto que a la joven hacía soñar y pensar en escenas de amores descritas en las novelas que sustraía a escondidas del aya. El jardín era un pequeño paraíso para la familia, junto a sus muros crecían robustos cipreses que la aislaban de las miradas codiciosas.

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El galán se llamaba Gaspar de Facco, hijo de un famoso mercader napolitano de sedas y paños, llamado Fabriccio de Facco, que había venido a Granada para resolver un trato del negocio familiar con los comerciantes de seda de la Alcaicería. Facco era de agraciado rostro y elegante porte, con ese toque de picardía que caracterizaba a los mercaderes napolitanos.

Como quiera que la fortuna es caprichosa, una mañana Elvira, acompañada de su aya, fue a comprar unos hilos y encajes a una tienda junto a la plaza de Bib-Rambla, al salir de la tienda sus ojos se cruzaron con la mirada del mozo que bajaba hacia la plaza; y al ver a esta linda mujer el joven, sin decir nada, se separó de la compañía que llevaba y se puso al lado de Elvira para observarla. Gaspar quedó paralizado por su belleza y Elvira quedó hipnotizada por su profunda mirada provocando en ella una rara sensación que jamás había sentido. La aya, consciente de lo que estaba sucediendo cogió a doña Elvira del brazo y con pasos presurosos se encaminaron hacia la casa.

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Gaspar, totalmente enamorado, preguntó a los comerciantes con los que tenía negocios acerca de la bella dama, consiguiendo así tener referencias sobre su familia y dónde vivía. Consciente de la extremada rigidez del padre, y a sabiendas de la dificultad que le podría suponer acercarse a ella, siendo hija única y de tan importante familia, encaminó sus pasos en la oscuridad de la noche para observar de cerca la casa y ver si podía verla y así expresar los sentimientos que había despertado en él. Tras infructuosos intentos para lograr verla, decidió entablar amistad con algún criado o criada de la casa y así lo hizo. Una mañana, por unos pocos maravedís, consiguió que una moza del servicio de la casa le llevase una carta a doña Elvira, esperando contestación al atardecer.

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Elvira, pálida como una vela, pues no podía alejar de su pensamiento a aquel joven que la había cautivado con su mirada, estaba, junto a la fuente, cuando la criada le hizo entrega de la carta de Gaspar. En ella le expresaba sus sentimientos y el deseo de verla, rogándole que tuviera a bien contestarle si ella sentía algo por él. La joven, presa del deseo de conocerlo y volver a ver esos ojos pícaros, sin meditar en las consecuencias que pudiera tener aquel impulso, le expresó en una breve carta su disposición a conocerlo. Así transcurrieron varios días, entre cartas y suspiros de ambos, hasta que Elvira decidió tener un encuentro con él en el jardín de su casa, junto a la fuente que tantos suspiros y lágrimas había recogido de ella.

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A la noche del día siguiente, y a la hora acordada, se vieron en el jardín, se entrelazan sus manos, palpitan sus corazones, y entre suspiros y besos se confiesan el uno del otro enamorados. Y así transcurren los días, deprisa, como volando. Al final Gaspar, viendo que pronto tendría que volver a Nápoles puesto que el negocio que le trajo a Granada estaba resuelto, decidió hablar con el padre de Elvira y pedir la mano de su hija para casarse con ella y llevársela a Nápoles.

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Así solicitó audiencia a don Luis Padilla y éste le recibió en el despacho de su casa, un tanto expectante. Cuando Gaspar le expuso sus intenciones, don Luis, ajeno por completo de lo que estaba ocurriendo en su propia casa, monta en cólera y con amenazas airadas lo conmina a que se marche de la ciudad y, por su puesto, sin su hija, a la que tendrá que castigar por la osadía de tener encuentros con el joven a escondidas, Don Luis había acordado casar a su hija con Iñigo González de Mendoza, hijo del Corregidor y gran amigo suyo. Elvira que estaba en el jardín escuchó las voces de su padre, soltó el bordado que entre sus manos tenía y subió a su habitación empaquetó precipitadamente unas ropas y se escapó por la puerta de servicio a la calle, allí oculta en un recodo, esperó a que saliera Gaspar. La noche está cayendo y cuando Gaspar, mudo y lleno de dolor, sale a la calle se encuentra con su amada que entre sollozos y lamentos le dice que, aunque su honra y honor están en juego y aún temiendo el horrible castigo de su padre, sólo la muerte podrá separarle de él.

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Cogidos de la mano y temiendo que don Luis, al notar la ausencia de su hija, mande a sus criados o llame al alguacil para buscarlos, deciden ir rápidamente a la posada donde estaba alojado Gaspar y recoger todos sus enseres y salir camino de Motril donde esperaba su nave para regresar a Nápoles.

Ya de madrugada emprendieron la huida, y saliendo por la puerta del Rastro se encaminaron hacia la costa. El padre de Elvira al notar la ausencia de su hija y sospechando lo que había sucedido, da órdenes de apresar a los huidos. A la altura de Alhendín, en el lugar conocido como “Suspiro del Moro”, son sorprendidos los amantes y Gaspar junto con sus criados y sabiendo la suerte que les habría de acarrear al ser detenido, se resistió a ser apresado, luchando hasta caer herido de muerte, Elvira se arrodilla a su lado y entre sus brazos Gaspar con el último aliento le dice “tu amor es lo más maravilloso que me ha sucedido y te amaré por toda la eternidad”, Elvira cree morir, se siente fuera de su cuerpo, no reacciona a las voces de los criados que la recogen y la llevan a presencia de su padre, quien preso de ira y rencor al ver su honor y honra mancillados, ordena que Elvira sea recluida de por vida en el convento de las Comendadoras.

Elvira, destrozada por la muerte de su amado, antes de salir hacia su “cárcel”, sólo le pide a su padre que la deje despedirse de su jardín. Ya en el jardín, se sentó junto a su fuente y recordando todos los momentos en los que allí había sido tan feliz con Gaspar, y en un momento de extremo sufrimiento, llora amargamente y cae desmayada junto a su fuente. Cuando su madre va al jardín ve a Elvira tendida en el suelo y la fuente, su fuente, llena de hermosas flores. Y cuentan que, cuando los padres murieron, como no dejaron descendencia, la casa y el jardín quedaron abandonados, y las parejas de enamorados, conociendo la leyenda que circulaba acerca de la fuente y doña Elvira, entraban a hurtadillas al jardín a jurarse amor eterno junto a la “fuente”, y como sello de su amor arrojaban flores.

EN MI SECCIÓN LEYENDAS DE ANTONIO CENIZA OS HABLO DE: LA LEYENDA DE LA FUENTE DEL AMOR ETERNO O DE DOÑA ELVIRA, GRANADA minuto 1:38:11 O 98:10 ESPERO QUE OS GUSTE 🤗

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75 ESCALONES: T2x18 Experiencias cercanas a la muerte

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FDO: ANTONIO CENIZA

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FUENTES:

http://tourgranadaleyenda.blogspot.es/

http://fuentesdegranada.blogspot.com.es/

http://granadeando.com/

http://www.ideal.es/granada/

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LEYENDA DE LA HIGUERA ENCANTADA (GRANADA)

En el año 1640, en la hermosa ciudad de Granada y en el barrio del Albaicín, los habitantes trabajaban pacíficamente en sus ocupaciones. En un estrecho callejón que conduce a un escondido aljibe había un pequeño huerto habitado por María Tomillo. Esta mujer vivía sola y era avara y gruñona. Los vecinos la tenían como un ser extraño; jamás se le veía ir a la iglesia y cifraba todo su cariño en su huerto, en el que había hermosos frutales, que eran la tentación de los chicos del barrio.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

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los cuales aprovechaban todos los descuidos de la vieja para trepar a los árboles y llenarse los bolsillos de fruta. Pero siempre eran descubiertos por la bruja, y tenían que tirarse del árbol y huir más que aprisa, para no ser alcanzados por sus iras, que en forma de pedradas los perseguían, mientras salían de su boca horribles blasfemias.

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Lo que más exasperaba a la vieja era que se comieran los higos que en gran abundancia producía una espléndida higuera, cuyas frondosas ramas sombreaban la mitad de su huerto y era, para su desesperación, el fruto que más gustaba a los chicos, atrayendo a legiones de pilletes.
Cansada ya la Tomillo de aquellos asaltos a su huerto, pactó con el diablo para que hechizara a aquel árbol y nadie pudiese comer de sus higos. Desde entonces adquirieron un amargor tal, que si algún chico cogía alguno, tenía que escupir en seguida, quedándole como si hubiera tomado rejalgar, con gran satisfacción de la vieja, que ahora gozaba cuando veía acercarse a algún rapaz a coger de sus frutos.
La sombra de la higuera era también maléfica, y producía desconocidas enfermedades a los que en ella se cobijaban.

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Pasaron muchos años sin que nadie volviese a probar de sus higos, y un día la vieja murió, desapareciendo su cuerpo al ser conducido al cementerio.
Desde la noche de su muerte empezaron a oír las vecinas ruidos raros en el aljibe, justo al dar las doce de la noche, y aseguraban que la vieja se aparecía vagando por su huerto.
Pero unas curiosas mujeres quisieron observarlo desde una ventana que dominaba el huerto de María Tomillo, ya difunta, y una noche se asomaron, y esperaron que dieran las doce campanadas. Al terminar de dar el reloj las horas, vieron salir del aljibe la sombra de la vieja, y dando agudos chillidos, empezó a dar vueltas alrededor de la higuera, que, como por encanto, se iba cubriendo de dorados frutos. En seguida aparecieron nuevas sombras, que, formando un círculo, giraban alrededor de la higuera, mientras la Tomillo les iba repartiendo de aquellos higos, que eran de oro. Cuando estuvieron todas satisfechas, comenzaron a danzar en torno al árbol, cada vez más aprisa, y así continuaron hasta que empezaba a alborear la mañana. Entonces la vieja se convirtió de repente en una lechuza, y, lanzando un terrible graznido, se precipitó en el aljibe. Las demás sombras se transformaron también en feos pajarracos, que pusiéronse a picotear furiosos el árbol, hasta hacer que lanzara hondos gemidos y después desaparecieron todos detrás de la lechuza.

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Las mujeres quedaron aterradas, y, al llegar a sus casas, refirieron a sus familiares el espectáculo que habían presenciado. Algunos de sus hijos mozos, creyendo que sería alguna broma, se apostaron, en la noche siguiente, tapando el aljibe; pero las sombras se filtraron igual por él, y dieron tal paliza a los mozos, que hubieron de ser curados de sus lesiones.
La Iglesia tomó parte en el asunto, y se hicieron allí exorcismos y se cortaron los árboles del huerto. Pero la higuera retoñaba siempre, sin poderla extirpar.
Todavía existe el Aljibe de la Vieja, y algunas mozas acuden a medianoche a él, en espera de que la sombra de la bruja se aparezca y les reparta de sus higos de oro.

 

 

FDO: ANTONIO CENIZA

 
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