LEYENDA DEL PALO BORRACHO

La leyenda del Palo Borracho al contrario de lo que se puede suponer por la forma del árbol, el hombre criado en la selva cree que éste representa el cuerpo de una mujer cuyo cuerpo se fue formando en tres períodos de vida: la juventud, en la que el árbol muestra su tronco con la esbeltez; el de la plenitud, en el que el mismo muestra las formas de la mujer en su vigor espiritual y físico, y la vejez, en la que el árbol muestra las formas maduras de la matrona, reposada. Por esto a este extraño árbol, con forma de botella, ciertas tribus de la zona del río Pilcomayo, lo llaman “Mujer” o “Madre pegada a la tierra” .

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

©CENIZA777

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Generalmente cuando nos encontramos con un famoso árbol en forma de botella lo reconocemos con el nombre de “Palo Borracho“, sin embargo es interesante notar que las tribus de la zona del río Pilcomayo lo llamaban “Mujer o madre pegada a la tierra”. 

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Seguramente todo esto nos lleva a preguntarnos, ¿Cuál será la historia detrás de esta leyenda?

Para el hombre criado en la selva este popular árbol es la perfecta representación del cuerpo de la mujer, el cual se fue formando en dos periodos de la vida:

  • La juventud: Es precisamente cuando el árbol muestra su tronco con la esbeltez y plenitud propia, de modo similar como  la mujer en la juventud con su vigor físico y espiritual a pleno.
  • La vejez: En este periodo el árbol muestra las formas maduras de la matrona reposada, una condición parecida a la mujer que la enaltece y embellece con su experiencia de vida.

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La leyenda:

La leyenda cuenta sobre una antigua tribu de la selva, donde vivía una joven muy bonita quien era pretendida por todos los hombres. Sin embargo, ella amaba solo a un poderoso guerrero con quien se profesaban un amor profundo y reciproco. Pero lamentablemente cuando la tribu entra en guerra, él tenia que partir y dejar a su amada sola, por su parte ella le promete amor eterno. La triste realidad demostró que pasaría mucho tiempo y los guerreros no regresarían jamás, incluido el amor de esta joven.

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Pero…¿qué pasaría con esta joven mujer?

Al tomar consciencia de que había perdido a su amor para siempre, cayo en una profunda tristeza y cerro su corazón herido rechazando a todo pretendiente que se le acercara. Pero más que eso, decidió internarse en la selva y dejarse morir. Lamentablemente así fue encontrada por unos cazadores en la selva, la hallaron muerta en medio de unos yuyales.

Lo asombroso fue como la vieron, ya que notaron que en sus brazos crecieron ramas y su cabeza se doblaba hacia el tronco, también observaron que de sus dedos florecieron las flores blancas. Ante este descubrimiento aquellos cazadores salieron espantados y aterrados de la selva hacia la aldea.

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Cuando pasaron algunos días nuevamente se internan en la selva con este grupo de indios y algunos más, lo que hallaron fue aún más sorprendente. La encontraron con un aspecto totalmente diferente, estaba convertida en un robusto árbol cuyas flores blancas se habían tornado rosas.

La leyenda cuenta su significado, las flores blancas representan a las lagrimas derramadas de la joven por su amado guerrero al partir, y que la sangre derramada de este joven valiente en guerra las convierte en flores rosas.

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Sin duda alguna, una leyenda que va más allá de un punto de vista objetivo y realista dentro de un contexto meramente narrativo. Es una historia profunda y conmovedora que tiene como personaje central al amor de un hombre y una mujer, que traspasó la muerte misma. Es interesante notar como siempre en este tipo de leyendas, el amor eterno es el personaje principal del relato.

FDO: ANTONIO CENIZA ALFONSO

(SUBDIRECTOR REDACTOR/EDITOR JEFE DEL GRUPO MISTERIOS GALICIA G.I.M.G Y MISTERIOS DE LAS NOCHES GALLEGAS PODCAST RADIO)

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LEYENDAS DE LA YERBA MATE

Cuenta una vieja leyenda guaraní  que Yasí,  la diosa luna, hace muchísimo tiempo quiso conocer la tierra y ver con sus propios ojos todas las maravillas que apenas  podía ver entre la espesura de la selva, allá abajo. Un día con su amiga, Araí, la diosa nube, bajaron a la tierra en la forma de dos jóvenes hermosas. Cansadas de recorrer todo y maravillarse, buscaron un lugar donde descansar.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

©CENIZA777

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Leyenda de Yasi y Araí:

De noche Yací, la luna, alumbra desde el cielo misionero las copas de los árboles y platea el agua de las cataratas. Eso es todo lo que conocía de la selva: los enormes torrentes y el colchón verde e ininterrumpido del follaje, que casi no deja pasar la luz. Muy de trecho en trecho, podía colarse en algún claro para espiar las orquídeas dormidas o el trabajo silencioso de las arañas. Pero Yací es curiosa y quiso ver por sí misma las maravillas de las que le hablaron el sol y las nubes: el tornasol de los picaflores, el encaje de los helechos y los picos brillantes de los tucanes.

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Por eso un día bajó a la tierra acompañada de Araí, la nube, y juntas, convertidas en muchachas, se pusieron a recorrer la selva. Era el mediodía y, el rumor de la selva las invadió, por eso era imposible que escucharan los pasos sigilosos del yaguareté que se acercaba, agazapado, listo para sorprenderlas, dispuesto a atacar. Pero en ese mismo instante una flecha disparada por un viejo cazador guaraní que venía siguiendo al tigre fue a clavarse en el costado del animal. La bestia rugió furiosa y se volvió hacia el lado del tirador, que se acercaba. Enfurecida, saltó sobre él abriendo su boca y sangrando por la herida pero, ante las muchachas paralizadas, una nueva flecha le atravesó el pecho.

En medio de la agonía del yaguareté, el indio creyó haber advertido a dos mujeres que escapaban, pero cuando finalmente el animal se quedó quieto no vio más que los árboles y más allá la oscuridad de la espesura.

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Esa noche, acostado en su hamaca, el viejo tuvo un sueño extraordinario. Volvía a ver al yaguareté agazapado, volvía a verse a sí mismo tensando el arco, volvía a ver el pequeño claro y en él a dos mujeres de piel blanquísima y larguísima cabellera. Ellas parecían estar esperándolo y cuando estuvo a su lado Yací lo llamo por su nombre y le dijo:

– Yo soy Yací y ella es mi amiga Araí. Queremos darte las gracias por salvar nuestras vidas. Fuiste muy valiente, por eso voy a entregarte un premio y un secreto. Mañana, cuando despiertes, vas a encontrar ante tu puerta una planta nueva: llamada caá.Con sus hojas, tostadas y molidas, se prepara una infusión que acerca los corazones y ahuyenta la soledad. Es mi regalo para vos, tus hijos y los hijos de tus hijos…

Al día siguiente, al salir de la gran casa común que alberga a las familias guaraníes, lo primero que vieron el viejo y los demás miembros de su tribu fue una planta nueva de hojas brillantes y ovaladas que se erguía aquí y allá. El cazador siguió las instrucciones de Yací: no se olvidó de tostar las hojas y, una vez molidas, las colocó dentro de una calabacita hueca. Buscó una caña fina, vertió agua y probó la nueva bebida. El recipiente fue pasando de mano en mano: había nacido el mate.

 

La leyenda de la Caá-Yarîi, la diosa protectora de la yerba mate:

 

Cuenta la leyenda que hace años una tribu que se asentaba cerca del arroyo Tabay, decide dejar este lugar para adentrarse en la profundidad del monte.

En el largo recorrido por el monte, un viejo indio, cansado, no podía seguir a su tribu, por lo que decidió abandonar su grupo y refugiarse en la soledad de la selva acompañado de su hermosa hija Yarîi.

Un día, al atardecer, un hombre -que no parecía ser originario de esas tierras- se acercó al hogar del anciano y su hija.

El viejo indio y su hija recibieron muy alegres al hombre, tanto que lo invitaron a quedarse y a compartir la cena con ellos. Esa noche el anciano y la bella Yarîi cocinaron a fuego lento un acutí, una sabrosa carne y tabú -el plato especial de fiesta de los guaraníes-.

El hombre -que era un enviado de los dioses- recompensó a la familia por el cálido recibimiento y la compañía, haciendo brotar en la vera del arroyo Tabay, en medio de la soledad del monte, una nueva planta que sería la fiel compañera de largas horas de soledad y un motivo de unión entre amigos y familiares.

Al despedirse, el hombre -enviado de Tupá- nombró a Yarîi, Diosa protectora, y su padre custodio de la yerba mate, enseñándole a “zapecar” sus ramas al fuego y a preparar la amarga y exquisita infusión que se convertiría en bebida tradicional de toda la región.

FDO: ANTONIO CENIZA

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LEYENDAS DEL GIRASOL

El girasol es una de las flores típicas del verano y su nombre viene dado porque su flor gira buscando siempre al sol. Hoy, queridos lectores os contaré dos leyendas que existen sobre esta flor, una Guaraní (Argentina) y otra clásica mitológica (Griega). Espero que os gusten amig@s.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA
©CENIZA777

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LEYENDA GRIEGA:

Cuenta la leyenda que una joven ninfa del agua Clytie ( Clitia) hija del dios Océano y  de la diosa del mar Tetis (Titanide) se enamoró locamente del dios de la luz y el sol Apolo. Tal era su amor que todos los días seguía su recorrido desde que salía de su palacio por la mañana hasta que llegaba al atardecer por el oeste.

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(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: CLITIA, CLYTIE)

Día tras día Clytie seguía los pasos de su amado con los ojos llenos de amor, hasta tal punto que comenzó a olvidarse de comer y de beber…A pesar de esta adoración nunca ganó los favores de Apolo y los días fueron pasando. Poco a poco Clytie comenzó a echar raíces hasta acabar convertida en una bella flor, un girasol. Una flor que, aún hoy, no olvida el objeto de su amor y su diadema dorada continúa siguiendo al sol.

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(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: CLITIA, CLYTIE)

Una leyenda preciosa que remarca el significado de lealtad y fidelidad de esta flor ya que el amor de Clytie hacia Apolo no se acabará nunca, al menos no mientras que haya girasoles sobre la tierra.

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LEYENDA GUARANÍ:

A orillas del río Paraná vivía una tribu cuyo cacique era Pirayú, algo más alejada habitaba otra tribu amiga cuyo cacique era Mandió. Estos caciques eran grandes amigos y por lo mismo las tribus intercambiaban alimentos, artesanías e incluso compartían expediciones de caza.

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Cuenta la leyenda que todo hubiese seguido bien; y nosotros quizás nunca hubiésemos conocido a estas tribus; de no ser por el deseo de Mandió de unir a las tribus tomando como esposa a la bella hija de su amigo Pirayú.  Con pena Pirayú le confesó que le resultaba imposible satisfacer ese deseo puesto que Carandaí, la jovencita, desde muy pequeña había ofrecido su vida al dios Sol y por lo tanto no se casaría con ningún hombre. Mandió insistió una y otra vez sin querer entender razones por mucho que su amigo intentó explicarle. Furioso y jurando venganza regresó a sus tierras.

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Pasó el tiempo y Pirayú confió en que pronto se le pasaría el enojo a su amigo, ¡se equivocó! Una tarde en que Carandaí, como casi cada día, estaba  sentada en su bote en medio del río mirando al sol ponerse, un extraño crepitar la hizo desviar la vista. Con horror vio resplandores de fuego que surgían de la aldea. Remó con todas sus fuerzas temiendo lo peor, más cuando llego a la orilla y quiso desembarcar se vio atrapada en unos gruesos madreros. Delante de ella Mandió, burlón y altanero, le dijo que pidiese a su dios tan amado que la salvara si no quería que él se la llevara. Carandaí alzó la mirada empapada en lágrimas, suplicando a Cuarahjí, su amado dios sol que salvara a su pueblo.

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Para espanto de Mandió y sus guerreros del sol mismo surgió un feroz remolino de rayos que envolvieron a Carandaí haciéndola desaparecer de la vista para siempre, mientras una terrible lluvia arrasaba con el fuego de la aldea. Cuando pudo abrir los ojos Mandió encontró que entre los maderos con que había aprisionado a la joven se alzaba una flor hasta entonces desconocida, alta, esbelta y del color de la luz, que al igual que la jovencita elevaba su corola al cielo siguiendo el rumbo de Cuarajhí, el sol.

Y así nació la flor que llamamos Girasol, que  hasta hoy cada día eleva su corola siguiendo el camino del sol.

FDO: ANTONIO CENIZA

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LA LEYENDA DEL KARAU

Los personajes de esta leyenda son: Karau mancebo de veinte años, Yerutí, Tupá, la madre de Karau y un desconocido que cumple una función muy importante.

Un día, en una fiesta Karau se hallaba presente; vivía preso de una pasión que le hacía olvidar los más sagrados deberes y las más puras y santas afecciones. Requería de amores a Yerutí una joven muy bella a la cual pretendía raptar aquella noche. Al alba un hombre desconocido lo buscó, avisándole que su madre se encontraba agonizando, él contesto “que para llorar hay tiempo” y se quedo con la joven. Yerutí le aconsejo que se fuera junto a su madre ya que el castigo de Tupá es muy grande, éste contesto que mientras ella no cediese y que si la madre moría sin verlo, ella sería la culpable.

Yerutí no cedió, pero al día siguiente les apareció de nuevo el hombre desconocido avisándole a Karau la muerte de su madre, maldiciéndolo y rogando los castigos de Tupá contra aquel ingrato, forzándolo a gemir incesantemente.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

©CENIZA777

 

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La tarde iba preparándose para el sueño, dejaba tras de sí los multicolores vestidos de fiesta que había llevado durante el día. Como siempre, rumores de aves en retirada completaban la cercanía de la noche. La gran dama de negro preparaba las lentejuelas del universo para pasearse a sus anchas. La luna era en ese momento apenas un hilo de plata, una pulsera finísima tejida con la luz del sol, elevándose desde la otra orilla del río.

Frío.

Agosto reina.

Hoy las rosadas mieses florales de los tajy han estallado, pero bajo el hermoso manto de flores aletean las oscuras sombras del más allá.

Aletean en torno del joven indio que se prepara para la gran ceremonia.

Aletean en torno de la anciana que se prepara para la otra vida.

Aletean en torno de la choza y de los árboles y de las flores y de las estrellas, que rodean la fuerza del joven y la agonía de la anciana.

La anciana clama por el hijo que en ese momento no tiene oídos para su madre.

El joven guerrero escucha ahora tan sólo los latidos de su deseo. Presiente el encuentro amoroso. Lo avizora en los tambores que resuenan en la noche recién nacida, en los ruidos de los animales que se deslizan en busca de sus presas, en el zumbido apenas audible de las flores que se fecundan unas a otras. El joven guerrero no tiene oídos para el clamor de su madre. Y su madre está muriendo.

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El médico de la aldea sujeta las manos de la anciana entre las suyas y cierra los ojos para no ver a los enviados del más allá que vienen a llevársela.

Supuesta cueva del Moñái en la ladera del cerro Kavajú, ubicado en el departamento Cordillera.

El joven guerrero se aferra a su bastón emplumado y parte, dejando atrás la choza donde vive. Aún existe un instante en el que duda y se detiene. Las estrellas lo miran esperanzadas, las flores de los lapachos gritan: ¡vuelve junto a tu madre! El joven guerrero gira su altiva cabeza y mira en dirección de la choza que acaba de abandonar. Su madre clama: vuelve, hijo mío, sólo quiero despedirme. Pero el joven no la ha escuchado. Cegado por la pasión de su juventud, retoma el camino y las estrellas dejan caer lágrimas celestiales.

Ahora los pasos del joven son firmes.

A medida que avanza, la noche se cierra sobre él y los tambores acercan sonidos cada vez más potentes. En la planta de sus pies descalzos, Karãu, el joven guerrero, siente el pulso de la tierra latir al unísono con su pecho. Los perfumes del fuego comienzan a llegar hasta su piel e inician el proceso de enardecer a cada uno de sus músculos. Su mirada se enciende cuando llega al círculo en el que la tribu danza sus sueños.

Orgulloso de sus prendas, orgulloso de su cuerpo, Karãu se hace un lugar en el círculo de fuego, se apoya en su bastón emplumado y con su mirada lanza-relámpagos comienza a buscar entre las jóvenes más bellas a aquella que lo ha estado llamando sin saberlo.

¡Ahí está!

La mirada de aquella mujer ha cruzado, por un instante brevísimo, sus brillos de río con la mirada del vanidoso guerrero. Lo ha enceguecido, lo impulsa a la conquista. Esquiva, la joven desaparece de inmediato en el racimo de hembras teñidas de fuego.

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Karãu duda. Ha sido como una aparición que ahora vuelve para hacerse ver tan sólo por un momento. El guerrero sale del círculo y camina con firmeza por el exterior de ese pequeño sol tribal que forman los indios en su fiesta de la Luna Nueva. Camina sigiloso como el jaguarete sobre las ramas de los árboles. Se diría que sus ojos, su piel, sus pasos, todo él ruge cada vez que la aparición juega a incitarlo.

De pronto, lo que parecía una aparición está ante la vista de todos.

¿Ha dado un salto, o simplemente la magia de su belleza extrema la ha puesto allí, junto al fuego? Karãu se detiene y entra en el círculo. Sólo el fuego los separa. Sólo el fuego los une. Cualquier otro se quemaría. Ellos, en cambio, están allí como si estuvieran en su ámbito más natural.

Sus cuerpos hacen el fuego.

¿Quién cazará a quién?

Es la mujer vestida de llamas la que inicia el movimiento, y los tambores, que se habían callado para escuchar el crepitar de esas llamas, inician un tam-tam cada vez más intenso. Karãu se mueve en sentido contrario, no dejará que los papeles se inviertan. Él quiere ser el cazador y va al encuentro de la joven por el lado opuesto. Le da alcance y rodea la pequeña cintura de la joven con su brazo derecho. Ella echa sus brazos al cuello del joven y él la desprende del piso como arrancando una planta exótica de la orilla del río.

Ahora danzan.

Todas las cosas giran a alta velocidad.

Las manos en los tambores. Los pies de Karãu y la joven. Sus cuerpos. El fuego. Las estrellas. La finísima curva de la luna. El círculo de la tribu.

Todas las cosas giran a alta velocidad.

Se desenfrenan.

El alma. Los corazones. La carne. Los pensamientos. La pasión.

Una sombra sola está quieta en medio de la alocada carrera.

Una sombra a espaldas de Karãu.

Tu madre ha muerto dice la sombra, y los tambores callan. Enmudece el aire de la noche y todo lo que giraba abandona su impulso y se deja ir en un último movimiento que ya no atiende al movimiento…

Tu madre ha muerto, repite ahora en medio del silencio la sombra quieta.

No molestes, viejo. Ahora no es momento. Ahora no es tiempo de llorar.

Karãu, teñidas sus palabras por el fragor sensual del momento, no comprende que su madre ha muerto. La tribu en pleno no comprende el desamor de Karãu y, sintiéndose culpables, cada uno de los presentes, esconde su mirada en el piso de tierra. Las llamas retroceden, ceden en la hoguera dejando paso al reinado de las cenizas. La joven, objeto del deseo desenfrenado de Karãu, escapa hacia el bosque. Karãu olvida la fiesta, a su madre muerta, al viejo médico que le ha dado aviso, y corre tras ella.

La persecución ya no es simbólica sino real: el jaguarete persigue a la hermosa gacela.

Karãu huele en el aire el perfume de la joven y entra en el bosque.

Como si fuera una premonición, la estela de flores de tajy  que va dejando tras sus largas zancadas, se deshace y las flores, antes perfumadas, caen marchitas y con un hedor de muerto. Karãu se interna en el monte que cada vez se hace más y más espeso. Cae repetidas veces enredado entre las lianas que ahora proliferan por doquier. Ya no hay flores ni suaves fragancias, todo es oscuridad impenetrable. El suelo que pisa es un barro pegajoso.

Un crujido, el canto de un ave, un movimiento de hojas y Karãu cambia de rumbo.

Ya no sabrá regresar.

El cielo, ahora ausente, lo sabe, pero Karãu ya no puede ver el cielo, sólo un cerrado techo de hojas que le impiden la orientación. Como si fuera un canto de sirenas, cualquier ruido lo atrae. Karãu piensa solamente en la bella joven que ha escapado de sus brazos.

Karãu es ahora otro hombre. El deseo se ha transformado en obsesión primero y en desesperación después. Ha perdido su preciado bastón emplumado. Su cuerpo arañado por la vegetación presenta rastros de sangre. Su rostro se ha hinchado producto de las picaduras de los insectos. Su temple es ahora obstinación.

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Toda la noche tras un imposible.

Karãu sale ahora a un claro, ve un cielo bajo y cerrado por nubes oscuras.

Nuevas esperanzas le trae el pantano neblinoso que tiene frente a sí.

Avanza.

Las pestilentes aguas hasta la cintura.

Apariciones entre la niebla.

Ve a la joven que se aleja caminando suavemente sobre el inmundo lodazal.

Ve a la madre muerta que asoma entre las aguas y se hunde nuevamente. Escucha sus gritos: ¡Sálvame, hijo! ¡Sálvame, por favor!

Una y otra vez la bella joven y la madre muerta aparecen y desaparecen ante los azorados ojos de Karãu. Una y otra vez Karãu intenta alcanzar a las mujeres con su voz, pero de su garganta no sale un solo sonido.

El agua ahora le llega al cuello y sin embargo Karãu sigue avanzando.

Ya no hace pie.

Karãu se hunde y vuelve a salir a flote en el pantano.

Ya no es un hombre.

Apenas una masa informe entre el barro.

De pronto un grito lastimero alza su cuerpo flaco y de entre los pajonales un ave negra extiende sus alas y se pierde entre la niebla. Un ave condenada a vagar en los pantanos. El cuerpo del color del barro. El grito del color del arrepentimiento tardío. Un ave triste: el karãu.

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UNA LEYENDA DEL POMBERO

¿Quién es el Pombero? No tiene nada que ver con la idea cristiana del demonio. Según el Diccionario de Mitos y Leyendas, Pombero es un duende antropomorfo, un hombre, feo, más bien bajo, fornido, retacón, moreno, con manos y pies velludos, cuyas pisadas no se sienten. Habita en el monteo en casas o rozados abandonados. De acuerdo con la leyenda de esta región, tiene habilidades tales como mimetizarse con facilidad, hacerse invisible cuando quiere y hacerse sentir por un toque, con sus manos velludas, que producen escalofrío; puede deslizarse por los espacios más estrechos, pasar por el ojo de una cerradura, correr en cuatro patas, imitar el canto de las aves, especialmente las nocturnas, el silbido de los hombres y de las serpientes, el grito de animales, aullidos, hasta el piar de los pollitos, y lo describen, también, como ventrílocuo. Hoy os hablo de una de las leyendas del Pombero de Los Akahendy que no dejan de ser los propios pombero. El área de difusión de esta leyenda comprende el Paraguay, Sur del Brasil, y las provincias argentinas de Corrientes, Misiones y Chaco.
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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA
©CENIZA777

 

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Son las tierras de Carapeguá, ciudad ubicada en el departamento Paraguarí: escenario de la leyenda del pombero.

En medio de la noche Itivere despertó con la sensación de que algo rondaba su choza. Salió y anduvo un buen rato por los alrededores del monte con pasos sigilosos pero nada pudo ver ni escuchar. Sólo algunos pájaros nocturnos, breves aleteos y graznidos apenas perceptibles.

Itivere piensa en Guyravera, su amada esposa.

Guyravera descansa, enorme la curva de su vientre. Habita en él la vida de un nuevo ser que pronto brillará para ellos. Guyravera sueña paraísos de paz y ni siquiera en sueños atisba la desgracia que el destino les ha entregado hace ya un buen tiempo.

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Itivere mira al cielo cara a cara al jaguaveve que parece estar quieto pero que, él lo sabe, pronto se irá. Mira confiado a la desgracia, la desafía. Cree que enfrentando al astro, las desgracias huirán muertas de miedo. Confía en su poder. En su fuerza hay algo natural que siempre lo ha sacado a flote en los momentos más acuciantes. Confía en sus propias fuerzas.

Itivere no ha escuchado los silbidos fuertes y agudos que desde hace varias lunas rodean el poblado y en particular su choza. Un silbido que parece salir de la oscuridad misma de la noche. Un silbido cargado de magia, algo que Itivere desprecia.

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Desde cientos de años atrás los akahendy merodean los poblados guaraníes. Siempre con la esperanza de engendrar en una mujer de suprema belleza que mejore las extrañas características de su raza. Los akahendy, homúsculos pequeños, nunca descubrieron las distintas formas de generar el fuego. En las noches más oscuras roban los tizones de los fogones y los llevan hasta sus poblados. Son expertos, eso sí, en preparar elíxires y filtros con hierbas y mieles. Son expertos en esa magia que proviene del poder de las hierbas.

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El cuerpo de estos pequeños seres, que no superan la estatura de un niño de diez años, está cubierto de vellos de una gran suavidad los cuales les crecen incluso en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.

Pueblo rencoroso, los akahendy, marcan a sus víctimas tocándolas con sus velludas manos. Una caricia imperceptible que provoca un escozor de extraña sensación en las niñas y que les hace amigas de las sombras para siempre.

Los akahendy son más veloces que el viento y para no ser descubiertos se mimetizan como si fueran  ñandúes empollando, o como troncos secos o como matorrales. La forma de su cuerpo y sus extrañas vestimentas hechas de pieles, plumas y hojas les ayudan a despistar a sus enemigos.

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Capaces de la amistad, los akahendy esperan la ofrenda de los pueblos que cerca de los matorrales les dejan caña, tabaco y miel. La respuesta generalmente no se hace esperar. Los akahendy retribuyen las ofrendas con huevos de pájaros, panales llenos de miel, y otras delicias del monte. Pero también son muy vengativos cuando la ofrenda no llega.

Guyravera ya siente los primeros síntomas del parto. Se recuesta dentro de la choza y al poco tiempo, cerca de la medianoche, nace una niña. Itivere escucha un silbido largo y profundo. Sale a ver, siente pasos y un tizón encendido escapa del poblado hacia el monte a gran velocidad. Itivere lo entiende todo. Los akahendy han robado el fuego de la vida a su pequeña hija. Lleno de furia intenta perseguir al duende pero sus fuerzas se acaban bien pronto. Es imposible perseguir a quien corre más rápido que el viento. Desesperanzado vuelve al poblado. Su niña es más hermosa de lo que hubiese podido imaginar pero él sabe que el fuego de la vida ya no le pertenece. Ha sido tocada por las heladas manos del akahendy.

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Itivere se revuelve en su propia impotencia. Sabe que con la fuerza no podrá lograrlo. Entonces decide granjearse su amistad. Tal vez de esa forma logre liberar a su hija del maleficio. Itivere deja ofrendas a los duendes. Una y otra vez las ofrendas desaparecen pero no son retribuidas. Signo inequívoco de que la amistad no será dada.

Ha crecido la niña. Su padre la observa con pena. Trata de seguir sus movimientos pero al menor descuido Iramara se pierde de la vista de los suyos. La niña prefiere los lugares oscuros del monte. La penumbra es su aliada y se siente atraída irremediablemente hacia ella.

Una tarde en que Iramara se ha desprendido de la vigilancia de su padre y se encuentra en lo espeso del monte trepada a un añoso árbol, es sorprendida por un hombrecillo que se presenta ante ella de improviso y festeja su gusto por las sombras.

“Si te gusta la sombra y la oscuridad de los montes, entonces también te gustará la miel, tanto como a mí” dice el hombrecillo.

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La niña acepta la miel que el duende le alcanza y siente que la presencia de aquel ser le hace sentirse más segura. Menos  rara. Aceptada y halagada la niña entabla una conversación fluida con el duende que no se limita tan sólo a esa tarde, sino a muchísimas tardes más.

El hombrecito le realiza permanentes obsequios y la niña se siente a gusto con él.

Ahora, Iramara es una adolescente hermosa. Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro con Timbe, el duende, y se han hecho muy amigos.

El hombrecito le ha estado embrujando con la magia de sus brebajes. Iramara ya está lista para la gran expedición de la que siempre hablan cuando están juntos. Partir a tierras lejanas, abandonar la aldea a la que nada ni nadie la ata, irse por los caminos del monte… Iramara lo siente en su sangre joven en la que el deseo también empieza a bullir, no sólo por el desarrollo natural sino, y sobre todo, por los brebajes que Timbe le proporciona.

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Itivere y Guyravera se han vuelto taciturnos de tanta tristeza. Su hija, la luz de sus ojos, los desprecia. No contesta a sus preguntas. Se encierra en un ensimismamiento en el que ellos ven el fin. Ambos han decidido irse de la aldea. Llevarse lejos de allí a Iramara, arrancarla de las garras de los akahendy y comenzar una nueva vida más allá del horizonte. Lo han pensado mucho y al fin se han decidido. No encuentran otra forma de salvar la vida de su amada hija.

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Pero los akahendy también han decidido con respecto a la vida de Iramara.

“Ha llegado el momento”, dice Timbe a sus congéneres.

“Hoy traeré a Iramara”, repite el duende y una multitud de hombrecitos aúllan de placer y lanzan risotadas sin sentido mientras se revuelcan en el campo pelado.

“Mañana partiremos”, dice Itivere a Guyravera.

La mujer calla, presiente que todo será inútil pero no contrariará a su esposo.

Itivere vigila su choza. Duerme Guyravera. Duerme Iramara. Pero la noche no duerme. La oscuridad de unas nubes densas y negras va cubriendo el cielo. Se escucha un silbido. La luna ya ha desaparecido del cielo. Algunos relámpagos caen en la lejanía como agujas de fuego.

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Un descuido apenas y la niña ha desaparecido. Itivere descubre la hamaca vacía. No recuerda haberse dormido. Despierta a Guyravera. Iramara se ha ido.

“Volverá” dice la madre. Pero la niña ya no ha de volver.

Cerca de los pantanos, en la zona más oscura, se puede ver lo que Itivere y Guyravera no quieren imaginar. Allí están Iramara y Timbe. El duende la convence para partir. Le da de beber los zumos mágicos y se la lleva. La niña va sentada en un especie de trono que los akahendy han construido sobre dos varas. Varios hombrecitos se turnan para llevar las varas sobre sus hombros.

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Cuando llegan a su destino la tierra y los árboles y los matorrales parecen despertar. De todos lados surgen más y más hombrecitos. Hediondos y zaparrastrosos. Excitados por la presencia de la bellísima adolescente rodean el pequeño trono con frenesí ensordecedor. Gritos. Zapateos. Risas y un olor inmundo que casi desmaya a Iramara. Nuevamente Timbe le alcanza zumos mágicos y la niña entra en un estado de sopor del que ya no saldrá nunca más. Ella no imagina que será fecundada por estos pequeños monstruos, no entiende del todo lo que sucede, no entiende la lascivia de los hombrecillos diabólicos. Pero está allí en medio de la turba y nada puede hacer.

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Itivere, al amanecer, viendo que su hija no regresa, decide reunir a su tribu y partir en su busca. Allá van los bravos indios en busca de las tierras de Karapegua, en busca de los akahendy para exterminarlos. Dos días caminaron los indios hasta llegar a las planicies de Karapegua que tienen frente a ellos. Amanece nuevamente y el jefe, Itivere, siente la proximidad de su hija. La vé y corriendo a su encuentro la toma entre sus brazos y sale del círculo de duendes, incendiándolo todo. Los indios ponen fuego a todos los matorrales y el fuego se extiende de inmediato rodeando a los hombrecitos infernales.

“Ahora están donde deben estar”, dice Itivere con su hija en brazos mientras se aleja caminando por la orilla de un río. La venganza está hecha y el guerrero siente que su hija está a salvo aunque la observa temblar en sus brazos. Un sudor helado cubre el cuerpo de la niña que poco después muere. Su padre con el llanto incontenible la entierra junto al río y regresa vencido a su aldea.

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Aunque Itivere creyó haber destruído a la raza de los akahendy con aquel monumental incendio, algunos de ellos lograron escapar. Itivere y Guyravera murieron poco después de pena y desconsuelo. Los akahendy sobrevivientes se distribuyeron por distintas tierras y aún hoy continúan haciendo de las suyas en los alrededores de los poblados. Se les conoce con el nombre de Pombero, a raíz de sus manos velludas y continúan dando su protección a quienes les acercan ofrenda de tabaco, caña y miel. Aparecen en los lugares donde se los nombra y atacan de vez en cuando a las adolescentes insistiendo con su manía de fecundar a las mujeres bellas para mejorar su raza. Se los encuentra solos, y utilizan andrajos mugrosos como vestimenta, llevando casi siempre un rotoso sombrero de paja que les cubre el rostro.

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LEYENDA DEL CHAJÁ, LEYENDA GUARANÍ

El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.

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Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.

Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.

Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.

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Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su corazón no le pertenecía.

Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.

La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.

Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.

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Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.

El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos.

Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.

Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.

El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.

Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.

De los demás, ninguno quiso exponer su vida.

Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida.

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Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.

Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó.

Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió… nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.

Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo:

Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que vosotros, cobardes!

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Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.

– Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasa­dos. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.

Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.

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Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.

Padre… tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!

El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras ­ y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.

Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.

Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia de los toldos.

Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.

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Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.

El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.

– Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.

Después… cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.

En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.

-Hijo mío- le dijo – un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más… Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá, imposible de vencer.

Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.

-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los reem­place en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.

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-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!… Dentro de un instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.

-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.

­ Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).

Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:

– “yahá!”…, “yahá!”…

Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se iba acercando, cuando Ara­Naró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera.

Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.

Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa.

Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.

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Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.

Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.

Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.

-El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.

Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.

Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida.

En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando: — “yahá!”…, “yahá!”…

Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.

Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.

Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: ; “Yahá!…, ” “Yahá!”…

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El chajá (Chauna torquata)

Es una especie de ave del orden anseriforme de la familia Anhimidae que habita en buena parte del sur y centro de Sudamérica. Tiene gran tamaño, unos 75 cm de pico a cola, y se considera un símbolo de las pampas. Es miembro de una familia de aves exclusiva de América del Sur y está emparentado con los cisnes y los gansos, aunque a primera vista no se parece a ninguno de los dos grupos.

Características

A pesar de ser pariente de un orden característico de aves acuáticas, tiene un aspecto más parecido a Galliformes y gruiformes, como pavos, avutardas, sisones etc, con los que no están emparentados. Se debe a convergencia evolutiva al compartir hábitos principalmente terrestres. Los chajás son aves asociadas con ambientes secos abiertos, como estepas o praderas. Según algunos autores, deberían clasificarse en un orden propio.

El cuerpo parece una especie de pavo con cresta, pico pequeño y afilado y una especie de collar en el cuello. Las patas son robustas y largas, de color rosado, y la parte de alrededor de los ojos es rojiza. Vive en parejas y en ocasiones en grupos de alrededor de cien individuos.

Pueden nadar como lo hacen las palmípedas, aunque es más común que caminen sobre la vegetación acuática sin mojarse mucho.

En la parte anterior de cada alas tiene un espolón de unos 2 cm. de largo en los adultos, que rara vez utiliza para atacar o defenderse. Puede defender a sus pollos, aunque estos suelen permanecer inmoviles para pasar inadvertidos. Los padres emplean un grito de alarma que produce que las crias escapen. El nombre indígena del guaraní, chajá (escapa), hace referencia a este hábito.

Alimentación

Es un ave herbívora, que se alimenta preferentemente de brotes verdes y plantas blandas. Es perseguido por los agricultores y rancheros al considerarlo una amenaza para las gramíneas forrajeras que conforman el pasto, los cultivos y los cereales de invierno en su época de implantación.

Hábitat

Pueden ser vistos planeando a gran altura o cerca de lagunas y estanques. Come materia vegetal vadeando aguas someras, y su nido es una gran plataforma de juncos donde pone hasta 6 huevos.

Distribución geográfica

Se encuentra en zonas por el noreste de Argentina, en todo el Uruguay, Paraguay, y partes de Brasil, Perú y Bolivia.

Nombres vulgares

El nombre más usual de esta ave (chajá) proviene del guaraní y en tal idioma significa ¡vamos! o ¡escapa!, aunque procede de una deformación de la onomatopeya del grito de estas aves cuando se ven sorprendidas, de este modo avisan a las otras de su especie en la cercanía para que huyan del posible predador. En Bolivia se le conoce con el nombre de tapacaré.

FDO: ANTONIO CENIZA

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