LEYENDA DE LA MALA VISIÓN

La Mala Visión es una antigua leyenda de Paraguay que reflexionan sobre el peligro de no controlar los celos y de las consecuencias que pueden existir cuando se llega a los extremos. Según la tradición guaraní, la mala visión es un espíritu de la noche que mora de día en las profundidades de la selva.

Es considerado el espíritu vigilante de la tranquilidad y el mundo puro de la selva y también protege a la noche ahuyentando a los que molestan las potestades de las tinieblas. Es tambien presentado como una jovencita de 1 metro de altura, tez morena y expresiones puras.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

©CENIZA777

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La Mala Visión es una antigua leyenda de Paraguay que nos hace reflexionar sobre el peligro de no controlar los celos, y de los males que éstos pueden desencadenar cuando se llega a los extremos. La historia comienza con una pareja de amantes que decide casarse y comenzar a vivir juntos, los primeros meses todo es maravilloso entre ambos, hasta que la mujer comienza a notar que su marido llega tarde a casa con mucha frecuencia. Los reproches iniciales dieron paso a acaloradas discusiones y finalmente a las acusaciones de infidelidad.

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Al ver que la situación no mejoraba el hombre decidió no discutir con su mujer, lo que hizo crecer en ella las sospechas aun más, y las cosas se tornaron irreparables cuando él empezó a buscar consuelo y comprensión en otras mujeres. Una vez que sus temores finalmente se tornaron reales, la mujer decidió terminar con aquella situación de la peor de las maneras, asesinando a su marido.

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Así que le esperó escondida en la sombra de su casa con un garrote en la mano, y cuando su marido volvió descargó todo su odio contra él, matándole de un fuerte golpe en la cabeza. Después llevó su cuerpo a una cueva apartada, donde lo recubrió de hojas y ramas y le prendió fuego, dando por finalizada su desgracia. Durante los siguientes días cuando un vecino le preguntaba por su marido ella respondía con desdén que seguramente “se habrá marchado con cualquier mujer”.
Pero una semana más tarde, durante una noche de tormenta la viuda se encontraba en casa cuando de pronto una de las ventanas saltó en pedazos, y pudo contemplar horrorizada como el cuerpo aun ardiendo de su marido entraba por ella. Se dice que ella murió en el acto víctima del miedo, aunque nunca se pudo saber con seguridad ya que las llamas devoraron hasta el último rincón de la que fuera su nido de amor tiempo atrás.

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A partir de aquí la leyenda se divide en dos vertientes principales, en una de ellas se nos habla de que el espíritu del marido aun vaga por los bosques y senderos aullando de manera terrible cuando ve a alguien caminando a solas; en la otra se nos cuenta que fue la mujer la que se convirtió en un espíritu errante al que se llama “Mala Visión”, debido a que ataca a las personas que hacen caso de sus lamentos, pudiendo dejarlas sin habla para siempre o incluso matarlas.

DESCRIPCIÓN:

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(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: Estatua de Mala Visión en el Museo Mitológico Ramón Elías)
Pasado un tiempo de la llegada de los conquistadores españoles a América, descripciones de un genio de la noche empezaron a surgir. Se manifestaba a los mortales en diversas formas: un gigante corpulento, o un ser monstruoso con cabeza de ave y cuerpo humano, entre otros.
El fantasma solo aparece de noche para recorrer los caminos solitarios que unen las aldeas y los pueblos en cumplimiento de su misión de vigía.
Además se cuenta que el mismo vive en las cercanías de los montes chaqueños y que además se alimentan de cigarras o Amberés (Lagartijas)

PODERES:

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Mala Visión posee habilidades características, provenientes del seno de la oscuridad, una de las cuales es dar gritos finos, retumbantes e intermitentes que se propagan a través de la noche, a modo de un eco prolongado, para atemorizar a los mortales que osan molestar en malas horas a los espíritus de las tinieblas. Si algún trasnochador y osado mortal respondiera a la voz espantosa de Mala Visión con otro grito, ésta de inmediato, no corre, sino se dirige hacia su contestador; si el transeúnte vuelve a contestar por segunda vez su grito, ella se le aproxima gritando, y si el viajero repite por tercera vez el mismo grito contestador, el espíritu de la noche se acerca en zigzag, devora el cráneo de la víctima con sus dientes y succiona su cerebro, del cual se alimenta.

FDO: ANTONIO CENIZA ALFONSO

(SUBDIRECTOR REDACTOR/EDITOR JEFE DEL GRUPOMISTERIOS GALICIA G.I.M.G Y MISTERIOS DE LAS NOCHES GALLEGAS PODCAST RADIO)

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LA LEYENDA DEL KARAU

Los personajes de esta leyenda son: Karau mancebo de veinte años, Yerutí, Tupá, la madre de Karau y un desconocido que cumple una función muy importante.

Un día, en una fiesta Karau se hallaba presente; vivía preso de una pasión que le hacía olvidar los más sagrados deberes y las más puras y santas afecciones. Requería de amores a Yerutí una joven muy bella a la cual pretendía raptar aquella noche. Al alba un hombre desconocido lo buscó, avisándole que su madre se encontraba agonizando, él contesto “que para llorar hay tiempo” y se quedo con la joven. Yerutí le aconsejo que se fuera junto a su madre ya que el castigo de Tupá es muy grande, éste contesto que mientras ella no cediese y que si la madre moría sin verlo, ella sería la culpable.

Yerutí no cedió, pero al día siguiente les apareció de nuevo el hombre desconocido avisándole a Karau la muerte de su madre, maldiciéndolo y rogando los castigos de Tupá contra aquel ingrato, forzándolo a gemir incesantemente.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

©CENIZA777

 

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La tarde iba preparándose para el sueño, dejaba tras de sí los multicolores vestidos de fiesta que había llevado durante el día. Como siempre, rumores de aves en retirada completaban la cercanía de la noche. La gran dama de negro preparaba las lentejuelas del universo para pasearse a sus anchas. La luna era en ese momento apenas un hilo de plata, una pulsera finísima tejida con la luz del sol, elevándose desde la otra orilla del río.

Frío.

Agosto reina.

Hoy las rosadas mieses florales de los tajy han estallado, pero bajo el hermoso manto de flores aletean las oscuras sombras del más allá.

Aletean en torno del joven indio que se prepara para la gran ceremonia.

Aletean en torno de la anciana que se prepara para la otra vida.

Aletean en torno de la choza y de los árboles y de las flores y de las estrellas, que rodean la fuerza del joven y la agonía de la anciana.

La anciana clama por el hijo que en ese momento no tiene oídos para su madre.

El joven guerrero escucha ahora tan sólo los latidos de su deseo. Presiente el encuentro amoroso. Lo avizora en los tambores que resuenan en la noche recién nacida, en los ruidos de los animales que se deslizan en busca de sus presas, en el zumbido apenas audible de las flores que se fecundan unas a otras. El joven guerrero no tiene oídos para el clamor de su madre. Y su madre está muriendo.

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El médico de la aldea sujeta las manos de la anciana entre las suyas y cierra los ojos para no ver a los enviados del más allá que vienen a llevársela.

Supuesta cueva del Moñái en la ladera del cerro Kavajú, ubicado en el departamento Cordillera.

El joven guerrero se aferra a su bastón emplumado y parte, dejando atrás la choza donde vive. Aún existe un instante en el que duda y se detiene. Las estrellas lo miran esperanzadas, las flores de los lapachos gritan: ¡vuelve junto a tu madre! El joven guerrero gira su altiva cabeza y mira en dirección de la choza que acaba de abandonar. Su madre clama: vuelve, hijo mío, sólo quiero despedirme. Pero el joven no la ha escuchado. Cegado por la pasión de su juventud, retoma el camino y las estrellas dejan caer lágrimas celestiales.

Ahora los pasos del joven son firmes.

A medida que avanza, la noche se cierra sobre él y los tambores acercan sonidos cada vez más potentes. En la planta de sus pies descalzos, Karãu, el joven guerrero, siente el pulso de la tierra latir al unísono con su pecho. Los perfumes del fuego comienzan a llegar hasta su piel e inician el proceso de enardecer a cada uno de sus músculos. Su mirada se enciende cuando llega al círculo en el que la tribu danza sus sueños.

Orgulloso de sus prendas, orgulloso de su cuerpo, Karãu se hace un lugar en el círculo de fuego, se apoya en su bastón emplumado y con su mirada lanza-relámpagos comienza a buscar entre las jóvenes más bellas a aquella que lo ha estado llamando sin saberlo.

¡Ahí está!

La mirada de aquella mujer ha cruzado, por un instante brevísimo, sus brillos de río con la mirada del vanidoso guerrero. Lo ha enceguecido, lo impulsa a la conquista. Esquiva, la joven desaparece de inmediato en el racimo de hembras teñidas de fuego.

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Karãu duda. Ha sido como una aparición que ahora vuelve para hacerse ver tan sólo por un momento. El guerrero sale del círculo y camina con firmeza por el exterior de ese pequeño sol tribal que forman los indios en su fiesta de la Luna Nueva. Camina sigiloso como el jaguarete sobre las ramas de los árboles. Se diría que sus ojos, su piel, sus pasos, todo él ruge cada vez que la aparición juega a incitarlo.

De pronto, lo que parecía una aparición está ante la vista de todos.

¿Ha dado un salto, o simplemente la magia de su belleza extrema la ha puesto allí, junto al fuego? Karãu se detiene y entra en el círculo. Sólo el fuego los separa. Sólo el fuego los une. Cualquier otro se quemaría. Ellos, en cambio, están allí como si estuvieran en su ámbito más natural.

Sus cuerpos hacen el fuego.

¿Quién cazará a quién?

Es la mujer vestida de llamas la que inicia el movimiento, y los tambores, que se habían callado para escuchar el crepitar de esas llamas, inician un tam-tam cada vez más intenso. Karãu se mueve en sentido contrario, no dejará que los papeles se inviertan. Él quiere ser el cazador y va al encuentro de la joven por el lado opuesto. Le da alcance y rodea la pequeña cintura de la joven con su brazo derecho. Ella echa sus brazos al cuello del joven y él la desprende del piso como arrancando una planta exótica de la orilla del río.

Ahora danzan.

Todas las cosas giran a alta velocidad.

Las manos en los tambores. Los pies de Karãu y la joven. Sus cuerpos. El fuego. Las estrellas. La finísima curva de la luna. El círculo de la tribu.

Todas las cosas giran a alta velocidad.

Se desenfrenan.

El alma. Los corazones. La carne. Los pensamientos. La pasión.

Una sombra sola está quieta en medio de la alocada carrera.

Una sombra a espaldas de Karãu.

Tu madre ha muerto dice la sombra, y los tambores callan. Enmudece el aire de la noche y todo lo que giraba abandona su impulso y se deja ir en un último movimiento que ya no atiende al movimiento…

Tu madre ha muerto, repite ahora en medio del silencio la sombra quieta.

No molestes, viejo. Ahora no es momento. Ahora no es tiempo de llorar.

Karãu, teñidas sus palabras por el fragor sensual del momento, no comprende que su madre ha muerto. La tribu en pleno no comprende el desamor de Karãu y, sintiéndose culpables, cada uno de los presentes, esconde su mirada en el piso de tierra. Las llamas retroceden, ceden en la hoguera dejando paso al reinado de las cenizas. La joven, objeto del deseo desenfrenado de Karãu, escapa hacia el bosque. Karãu olvida la fiesta, a su madre muerta, al viejo médico que le ha dado aviso, y corre tras ella.

La persecución ya no es simbólica sino real: el jaguarete persigue a la hermosa gacela.

Karãu huele en el aire el perfume de la joven y entra en el bosque.

Como si fuera una premonición, la estela de flores de tajy  que va dejando tras sus largas zancadas, se deshace y las flores, antes perfumadas, caen marchitas y con un hedor de muerto. Karãu se interna en el monte que cada vez se hace más y más espeso. Cae repetidas veces enredado entre las lianas que ahora proliferan por doquier. Ya no hay flores ni suaves fragancias, todo es oscuridad impenetrable. El suelo que pisa es un barro pegajoso.

Un crujido, el canto de un ave, un movimiento de hojas y Karãu cambia de rumbo.

Ya no sabrá regresar.

El cielo, ahora ausente, lo sabe, pero Karãu ya no puede ver el cielo, sólo un cerrado techo de hojas que le impiden la orientación. Como si fuera un canto de sirenas, cualquier ruido lo atrae. Karãu piensa solamente en la bella joven que ha escapado de sus brazos.

Karãu es ahora otro hombre. El deseo se ha transformado en obsesión primero y en desesperación después. Ha perdido su preciado bastón emplumado. Su cuerpo arañado por la vegetación presenta rastros de sangre. Su rostro se ha hinchado producto de las picaduras de los insectos. Su temple es ahora obstinación.

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Toda la noche tras un imposible.

Karãu sale ahora a un claro, ve un cielo bajo y cerrado por nubes oscuras.

Nuevas esperanzas le trae el pantano neblinoso que tiene frente a sí.

Avanza.

Las pestilentes aguas hasta la cintura.

Apariciones entre la niebla.

Ve a la joven que se aleja caminando suavemente sobre el inmundo lodazal.

Ve a la madre muerta que asoma entre las aguas y se hunde nuevamente. Escucha sus gritos: ¡Sálvame, hijo! ¡Sálvame, por favor!

Una y otra vez la bella joven y la madre muerta aparecen y desaparecen ante los azorados ojos de Karãu. Una y otra vez Karãu intenta alcanzar a las mujeres con su voz, pero de su garganta no sale un solo sonido.

El agua ahora le llega al cuello y sin embargo Karãu sigue avanzando.

Ya no hace pie.

Karãu se hunde y vuelve a salir a flote en el pantano.

Ya no es un hombre.

Apenas una masa informe entre el barro.

De pronto un grito lastimero alza su cuerpo flaco y de entre los pajonales un ave negra extiende sus alas y se pierde entre la niebla. Un ave condenada a vagar en los pantanos. El cuerpo del color del barro. El grito del color del arrepentimiento tardío. Un ave triste: el karãu.

FDO: ANTONIO CENIZA

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UNA LEYENDA DEL POMBERO

¿Quién es el Pombero? No tiene nada que ver con la idea cristiana del demonio. Según el Diccionario de Mitos y Leyendas, Pombero es un duende antropomorfo, un hombre, feo, más bien bajo, fornido, retacón, moreno, con manos y pies velludos, cuyas pisadas no se sienten. Habita en el monteo en casas o rozados abandonados. De acuerdo con la leyenda de esta región, tiene habilidades tales como mimetizarse con facilidad, hacerse invisible cuando quiere y hacerse sentir por un toque, con sus manos velludas, que producen escalofrío; puede deslizarse por los espacios más estrechos, pasar por el ojo de una cerradura, correr en cuatro patas, imitar el canto de las aves, especialmente las nocturnas, el silbido de los hombres y de las serpientes, el grito de animales, aullidos, hasta el piar de los pollitos, y lo describen, también, como ventrílocuo. Hoy os hablo de una de las leyendas del Pombero de Los Akahendy que no dejan de ser los propios pombero. El área de difusión de esta leyenda comprende el Paraguay, Sur del Brasil, y las provincias argentinas de Corrientes, Misiones y Chaco.
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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA
©CENIZA777

 

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Son las tierras de Carapeguá, ciudad ubicada en el departamento Paraguarí: escenario de la leyenda del pombero.

En medio de la noche Itivere despertó con la sensación de que algo rondaba su choza. Salió y anduvo un buen rato por los alrededores del monte con pasos sigilosos pero nada pudo ver ni escuchar. Sólo algunos pájaros nocturnos, breves aleteos y graznidos apenas perceptibles.

Itivere piensa en Guyravera, su amada esposa.

Guyravera descansa, enorme la curva de su vientre. Habita en él la vida de un nuevo ser que pronto brillará para ellos. Guyravera sueña paraísos de paz y ni siquiera en sueños atisba la desgracia que el destino les ha entregado hace ya un buen tiempo.

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Itivere mira al cielo cara a cara al jaguaveve que parece estar quieto pero que, él lo sabe, pronto se irá. Mira confiado a la desgracia, la desafía. Cree que enfrentando al astro, las desgracias huirán muertas de miedo. Confía en su poder. En su fuerza hay algo natural que siempre lo ha sacado a flote en los momentos más acuciantes. Confía en sus propias fuerzas.

Itivere no ha escuchado los silbidos fuertes y agudos que desde hace varias lunas rodean el poblado y en particular su choza. Un silbido que parece salir de la oscuridad misma de la noche. Un silbido cargado de magia, algo que Itivere desprecia.

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Desde cientos de años atrás los akahendy merodean los poblados guaraníes. Siempre con la esperanza de engendrar en una mujer de suprema belleza que mejore las extrañas características de su raza. Los akahendy, homúsculos pequeños, nunca descubrieron las distintas formas de generar el fuego. En las noches más oscuras roban los tizones de los fogones y los llevan hasta sus poblados. Son expertos, eso sí, en preparar elíxires y filtros con hierbas y mieles. Son expertos en esa magia que proviene del poder de las hierbas.

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El cuerpo de estos pequeños seres, que no superan la estatura de un niño de diez años, está cubierto de vellos de una gran suavidad los cuales les crecen incluso en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.

Pueblo rencoroso, los akahendy, marcan a sus víctimas tocándolas con sus velludas manos. Una caricia imperceptible que provoca un escozor de extraña sensación en las niñas y que les hace amigas de las sombras para siempre.

Los akahendy son más veloces que el viento y para no ser descubiertos se mimetizan como si fueran  ñandúes empollando, o como troncos secos o como matorrales. La forma de su cuerpo y sus extrañas vestimentas hechas de pieles, plumas y hojas les ayudan a despistar a sus enemigos.

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Capaces de la amistad, los akahendy esperan la ofrenda de los pueblos que cerca de los matorrales les dejan caña, tabaco y miel. La respuesta generalmente no se hace esperar. Los akahendy retribuyen las ofrendas con huevos de pájaros, panales llenos de miel, y otras delicias del monte. Pero también son muy vengativos cuando la ofrenda no llega.

Guyravera ya siente los primeros síntomas del parto. Se recuesta dentro de la choza y al poco tiempo, cerca de la medianoche, nace una niña. Itivere escucha un silbido largo y profundo. Sale a ver, siente pasos y un tizón encendido escapa del poblado hacia el monte a gran velocidad. Itivere lo entiende todo. Los akahendy han robado el fuego de la vida a su pequeña hija. Lleno de furia intenta perseguir al duende pero sus fuerzas se acaban bien pronto. Es imposible perseguir a quien corre más rápido que el viento. Desesperanzado vuelve al poblado. Su niña es más hermosa de lo que hubiese podido imaginar pero él sabe que el fuego de la vida ya no le pertenece. Ha sido tocada por las heladas manos del akahendy.

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Itivere se revuelve en su propia impotencia. Sabe que con la fuerza no podrá lograrlo. Entonces decide granjearse su amistad. Tal vez de esa forma logre liberar a su hija del maleficio. Itivere deja ofrendas a los duendes. Una y otra vez las ofrendas desaparecen pero no son retribuidas. Signo inequívoco de que la amistad no será dada.

Ha crecido la niña. Su padre la observa con pena. Trata de seguir sus movimientos pero al menor descuido Iramara se pierde de la vista de los suyos. La niña prefiere los lugares oscuros del monte. La penumbra es su aliada y se siente atraída irremediablemente hacia ella.

Una tarde en que Iramara se ha desprendido de la vigilancia de su padre y se encuentra en lo espeso del monte trepada a un añoso árbol, es sorprendida por un hombrecillo que se presenta ante ella de improviso y festeja su gusto por las sombras.

“Si te gusta la sombra y la oscuridad de los montes, entonces también te gustará la miel, tanto como a mí” dice el hombrecillo.

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La niña acepta la miel que el duende le alcanza y siente que la presencia de aquel ser le hace sentirse más segura. Menos  rara. Aceptada y halagada la niña entabla una conversación fluida con el duende que no se limita tan sólo a esa tarde, sino a muchísimas tardes más.

El hombrecito le realiza permanentes obsequios y la niña se siente a gusto con él.

Ahora, Iramara es una adolescente hermosa. Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro con Timbe, el duende, y se han hecho muy amigos.

El hombrecito le ha estado embrujando con la magia de sus brebajes. Iramara ya está lista para la gran expedición de la que siempre hablan cuando están juntos. Partir a tierras lejanas, abandonar la aldea a la que nada ni nadie la ata, irse por los caminos del monte… Iramara lo siente en su sangre joven en la que el deseo también empieza a bullir, no sólo por el desarrollo natural sino, y sobre todo, por los brebajes que Timbe le proporciona.

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Itivere y Guyravera se han vuelto taciturnos de tanta tristeza. Su hija, la luz de sus ojos, los desprecia. No contesta a sus preguntas. Se encierra en un ensimismamiento en el que ellos ven el fin. Ambos han decidido irse de la aldea. Llevarse lejos de allí a Iramara, arrancarla de las garras de los akahendy y comenzar una nueva vida más allá del horizonte. Lo han pensado mucho y al fin se han decidido. No encuentran otra forma de salvar la vida de su amada hija.

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Pero los akahendy también han decidido con respecto a la vida de Iramara.

“Ha llegado el momento”, dice Timbe a sus congéneres.

“Hoy traeré a Iramara”, repite el duende y una multitud de hombrecitos aúllan de placer y lanzan risotadas sin sentido mientras se revuelcan en el campo pelado.

“Mañana partiremos”, dice Itivere a Guyravera.

La mujer calla, presiente que todo será inútil pero no contrariará a su esposo.

Itivere vigila su choza. Duerme Guyravera. Duerme Iramara. Pero la noche no duerme. La oscuridad de unas nubes densas y negras va cubriendo el cielo. Se escucha un silbido. La luna ya ha desaparecido del cielo. Algunos relámpagos caen en la lejanía como agujas de fuego.

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Un descuido apenas y la niña ha desaparecido. Itivere descubre la hamaca vacía. No recuerda haberse dormido. Despierta a Guyravera. Iramara se ha ido.

“Volverá” dice la madre. Pero la niña ya no ha de volver.

Cerca de los pantanos, en la zona más oscura, se puede ver lo que Itivere y Guyravera no quieren imaginar. Allí están Iramara y Timbe. El duende la convence para partir. Le da de beber los zumos mágicos y se la lleva. La niña va sentada en un especie de trono que los akahendy han construido sobre dos varas. Varios hombrecitos se turnan para llevar las varas sobre sus hombros.

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Cuando llegan a su destino la tierra y los árboles y los matorrales parecen despertar. De todos lados surgen más y más hombrecitos. Hediondos y zaparrastrosos. Excitados por la presencia de la bellísima adolescente rodean el pequeño trono con frenesí ensordecedor. Gritos. Zapateos. Risas y un olor inmundo que casi desmaya a Iramara. Nuevamente Timbe le alcanza zumos mágicos y la niña entra en un estado de sopor del que ya no saldrá nunca más. Ella no imagina que será fecundada por estos pequeños monstruos, no entiende del todo lo que sucede, no entiende la lascivia de los hombrecillos diabólicos. Pero está allí en medio de la turba y nada puede hacer.

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Itivere, al amanecer, viendo que su hija no regresa, decide reunir a su tribu y partir en su busca. Allá van los bravos indios en busca de las tierras de Karapegua, en busca de los akahendy para exterminarlos. Dos días caminaron los indios hasta llegar a las planicies de Karapegua que tienen frente a ellos. Amanece nuevamente y el jefe, Itivere, siente la proximidad de su hija. La vé y corriendo a su encuentro la toma entre sus brazos y sale del círculo de duendes, incendiándolo todo. Los indios ponen fuego a todos los matorrales y el fuego se extiende de inmediato rodeando a los hombrecitos infernales.

“Ahora están donde deben estar”, dice Itivere con su hija en brazos mientras se aleja caminando por la orilla de un río. La venganza está hecha y el guerrero siente que su hija está a salvo aunque la observa temblar en sus brazos. Un sudor helado cubre el cuerpo de la niña que poco después muere. Su padre con el llanto incontenible la entierra junto al río y regresa vencido a su aldea.

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Aunque Itivere creyó haber destruído a la raza de los akahendy con aquel monumental incendio, algunos de ellos lograron escapar. Itivere y Guyravera murieron poco después de pena y desconsuelo. Los akahendy sobrevivientes se distribuyeron por distintas tierras y aún hoy continúan haciendo de las suyas en los alrededores de los poblados. Se les conoce con el nombre de Pombero, a raíz de sus manos velludas y continúan dando su protección a quienes les acercan ofrenda de tabaco, caña y miel. Aparecen en los lugares donde se los nombra y atacan de vez en cuando a las adolescentes insistiendo con su manía de fecundar a las mujeres bellas para mejorar su raza. Se los encuentra solos, y utilizan andrajos mugrosos como vestimenta, llevando casi siempre un rotoso sombrero de paja que les cubre el rostro.

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